Mi hijo llega del cole y parece otro: ¿qué está pasando?

08/10/2026Rutinas Montessori

“En el cole me dicen que ha estado fenomenal, pero en casa está imposible.”

Si tienes hijos, es bastante probable que alguna vez hayas pensado algo parecido. Sales del cole, preguntas cómo ha ido el día y te dicen que todo bien, que ha estado contento, que ha participado, que ha comido, que ha jugado… Y entonces llegáis a casa y parece que todo cambia.

De repente, cualquier cosa es un problema. No quiere quitarse los zapatos, no quiere bañarse, no quiere cenar, se enfada porque le has cortado el plátano “mal”, llora por algo que ni siquiera sabes muy bien qué es. Te pide estar contigo y, al mismo tiempo, parece que no soporta que le hables.

Y tú piensas: “¿Pero qué le pasa? ¿Seguro que en el cole ha estado tan bien como me dicen?”

La respuesta muchas veces es mucho más sencilla de lo que parece.

A veces, el lugar donde más seguros se sienten es precisamente donde más se desbordan.

Hay niños que pasan toda la mañana en el cole haciendo un enorme trabajo que desde fuera no siempre vemos. Escuchan, observan, se adaptan a los ritmos del ambiente, esperan, respetan turnos, se relacionan con otros niños, resuelven pequeños conflictos, intentan hacer las cosas por sí mismos, se concentran, se separan de mamá o papá, piden ayuda cuando la necesitan… Y todo eso requiere energía.

Aunque desde fuera parezca que simplemente han estado jugando.

En un ambiente Montessori, además, damos mucho valor a la autonomía y a que cada niño pueda hacer por sí mismo aquello para lo que está preparado. Eso no significa que todo les resulte fácil. Aprender a desenvolverse, tomar decisiones, concentrarse y convivir también supone un esfuerzo, y muchas veces ese esfuerzo no se ve hasta que llegan a casa.

“Pero si en el cole estaba fenomenal…”

Sí, puede haber estado fenomenal. Y también puede llegar a casa cansado, sensible o con menos capacidad para gestionar pequeñas frustraciones. No son dos cosas incompatibles.

Piensa en ti después de un día largo. Quizá durante el trabajo has estado concentrado, has tenido reuniones, has resuelto problemas, has estado pendiente de otras personas y has ido tirando. Llegas a casa y alguien te pregunta qué quieres cenar y quizá, en ese momento, solo quieres que nadie te pregunte nada durante cinco minutos.

Con los niños puede pasar algo parecido. La diferencia es que ellos todavía están aprendiendo a reconocer lo que les pasa y a regularlo, así que no siempre pueden decirnos “mamá, estoy agotado y necesito un rato tranquilo”. En su lugar, quizá lloran, gritan, dicen que no a todo, piden brazos o se enfadan porque la cuchara no es la que querían.

El famoso “después del cole”

limpiar cristales

Ese momento de llegar a casa puede ser especialmente intenso. Durante muchas horas han estado fuera de su espacio familiar, relacionándose con otras personas y adaptándose a un entorno diferente. Cuando vuelven a casa, por fin pueden bajar la guardia y, a veces, eso significa que aparece todo lo que durante el día han ido conteniendo.

Por eso no es raro escuchar: “En el cole es un niño encantador y en casa tiene unas rabietas tremendas”.

No necesitamos elegir entre una versión y otra, porque las dos son reales y válidas: son caras de un mismo niño. En el cole puede sentirse seguro, acompañado y capaz, y en casa puede sentirse tan seguro que se permita soltar todo lo que lleva encima.

Entonces, ¿qué podemos hacer?

Quizá lo primero sea cambiar un poco la pregunta. En lugar de pensar “¿qué le pasa hoy?”, podemos probar con “¿qué necesita después de un día así?”.

Y muchas veces la respuesta no es una actividad más, ni más preguntas, ni intentar que nos cuente inmediatamente todo lo que ha pasado. A veces necesita simplemente llegar a casa.

Es normal querer saber cómo ha ido el día: qué ha hecho, si ha comido, con quién ha jugado, qué tal con su profe… Pero si llega cansado, quizá no sea el mejor momento para hacerle un interrogatorio. Podemos probar con algo mucho más sencillo, como “qué ganas tenía de verte” o “vamos a casa tranquilos”, y dejar que sea él quien nos cuente cuando esté preparado.

También puede ayudar mucho cuidar ese primer rato después del cole. Llegar a casa, quitarse los zapatos, tomar algo, jugar un rato, estar juntos o incluso estar solo. No todos los niños necesitan lo mismo. Algunos quieren brazos inmediatamente, otros necesitan moverse, otros prefieren jugar solos y otros necesitan hablar sin parar. Observar qué necesita nuestro hijo puede ayudarnos más que intentar aplicar una fórmula.

No todo desborde significa que algo vaya mal

Una tarde difícil no significa necesariamente que haya pasado algo malo. Por supuesto, si observamos un cambio importante que se mantiene en el tiempo, si nuestro hijo expresa miedo, rechazo constante al cole o aparecen otras señales que nos preocupan, merece la pena hablarlo con el equipo y buscar qué puede estar ocurriendo.

Pero una rabieta al llegar a casa no es, por sí sola, una señal de que el día haya ido mal.

A veces simplemente significa: “Hoy he dado mucho de mí y ahora necesito estar contigo”.

Y quizá aquí haya algo importante para nosotros como adultos. Cuando nuestro hijo llega a casa desbordado, es fácil que nosotros también nos desbordemos. Estamos cansados, tenemos que preparar la cena, queremos que se bañe, llevamos todo el día trabajando y, sinceramente, hay días en los que una rabieta por unos calcetines es la última cosa que nos apetecía gestionar.

No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de intentar recordar que, detrás de esa conducta que nos cuesta tanto, puede haber un niño cansado que todavía no sabe decirnos qué necesita.

Y a veces, antes de corregir, pedir explicaciones o intentar solucionar nada, lo que más necesita es conectar. Un abrazo, un poco de calma, un adulto que pueda decirle: “Parece que hoy ha sido un día intenso. Estoy aquí”.

Quizá mañana sea diferente y quizá pasado vuelva a ocurrir. Forma parte de aprender a crecer, a separarse, a volver a encontrarse y, poco a poco, a aprender a regular todo lo que sentimos. Y nosotros podemos acompañarles en ese camino, sin buscar siempre una explicación inmediata, sin pensar que algo va mal y recordando que un niño que se desborda en casa no es necesariamente un niño que ha tenido un mal día.

A veces es, simplemente, un niño que ha llegado a casa y que sabe que allí puede ser él mismo.

Gracias por leernos.
Un abrazo,
Equipo Grace Montessori School