Las palabras sí importan, y mucho. La manera en la que nos expresamos revela cómo están estructurados nuestros pensamientos, sentimientos y nuestro enfoque hacia la vida. Nuestra confianza determina nuestra actitud ante la vida; y la confianza básica se adquiere al principio de la vida.
El niño la adquiere experimentando amor, recibiendo respuestas positivas de su entorno y también teniendo fe en sus propias habilidades. Por eso es tan importante cuidar cada interacción con los niños. No es lo mismo decirle a un niño “No sabes montar en bici” que “Puedes aprender a montar en bici”. Que mamá y papá confíen en él lo empodera.
En Grace Montessori entendemos la importancia de que el niño se sienta capaz, por eso, en el entorno preparado y a diario, tiene múltiples oportunidades para experimentar por sí mismo, empezar y terminar una actividad, vivir la vida en grupo y experimentar emociones cómodas e incómodas. Así, progresivamente, el niño adquiere herramientas que le darán mayor autonomía para gestionarse y autorregularse.
Según la Dra. Montessori, los niños tienen una mente absorbente que les permite adquirir las características que nos hacen humanos: caminar, hablar… y también valores, actitudes, cómo interactúan mamá y papá, y mucho más. El lenguaje nos vincula con los demás, nos conecta, y a través de él podemos compartir lo que nos gusta y expresar lo que no.
Cuando hablamos de lenguaje positivo, no nos referimos a cumplidos vacíos o palabras sin mensaje; hablamos de una forma de comunicarnos con el niño que fomenta su desarrollo y su capacidad de elegir: por ejemplo, “¿Qué zapato te vas a poner primero?”. Si el niño recibe respuestas positivas de su entorno, desarrollará confianza en sí mismo.
¿Qué entendemos por lenguaje positivo?
El lenguaje positivo es un arte que se cultiva día a día, como un músculo que se va fortaleciendo con la práctica. No suele salirnos de forma automática, porque muchas veces venimos acostumbrados a un lenguaje más negativo o correctivo, pero con un poco de consciencia y atención se pueden hacer pequeños cambios que marcan una gran diferencia.
No se trata de hablarle al niño con frases vacías ni de evitar los límites, sino de elegir palabras que le ayuden a entender qué esperamos de él y cómo puede actuar. Es pasar de decir lo que no queremos a mostrarle lo que sí puede hacer, ofreciéndole opciones y acompañándolo en el proceso.
Cuando usamos un lenguaje positivo, el niño se siente visto, escuchado y capaz. Poco a poco va ganando confianza en sí mismo y en sus propias decisiones. Y aunque al principio pueda requerir esfuerzo, enseguida empezamos a notar cambios en el clima en casa y en la forma en la que los niños responden y se relacionan con nosotros.
El lenguaje positivo: su funcionamiento y el rol del adulto
Nos queremos detener en esta parte para explicar cómo funciona el lenguaje en relación al cerebro y a la palabra “no”. Cuando pensamos, en nuestra mente se generan imágenes y nuestro cuerpo actúa en función de ellas. El “no” no genera imágenes; por eso, cuando decimos “No toques eso”, la probabilidad de que el niño lo toque sigue siendo alta.
Recordemos: Se generan la imágenes de las palabras que quedan y en base a ellas, el niño actúa.
Sabiendo esto, el rol del adulto consiste en pedir al niño lo que queremos que haga, en lugar de lo que no queremos. Por ejemplo, si un niño está pegando, podemos decir: “Pedrín, con las manos nos cuidamos, o ¿Vas a hacer un puzzle o cortar manzana?” El objetivo es que deje de pegar, enfocándonos en lo que sí es adecuado hacer con las manos.
Lo que transmite el lenguaje positivo
La base del lenguaje positivo es enseñar al niño a elegir. Esta forma de hablar fomenta la responsabilidad sobre sus acciones. Piensa por ejemplo, en el niño que quiere ir al parque a jugar y ha dejado todo tirado. ¿Qué crees que funcionaría mejor?:
Opción A: “Recoge ahora todo, si no, no vas al parque”.
Opción B: “¿Qué vas a recoger primero, los coches o los libros?” o “Primero recogemos, luego vamos al parque”.
En la opción B, el niño elige y experimenta las consecuencias de sus acciones de manera natural. No es un castigo, sino un enfoque Montessori frente a un comportamiento no constructivo. La opción A se centra en lo que no queremos, y el “no” no genera imágenes.
El lenguaje positivo se centra en lo que el niño puede hacer, ofrece alternativas y opciones disponibles. Es un arte que se cultiva día a día: si un día no sale perfecto, no pasa nada. Toma consciencia, piensa qué palabras te gustaría usar la próxima vez y, sobre todo, disfruta del momento presente con tu hijo, es un regalo.
El adulto debe ser un modelo: los niños imitan todo y están formando su “brújula para la vida”. En esa tierna edad, absorben todo sin filtro. Seamos conscientes y cuidemos el ambiente para que reciban respuestas positivas, cariño y afecto; así su confianza básica será sólida.
Por ejemplo, cuando tu hijo está subiendo a los juegos del parque, en lugar de decir “¡Cuidado!”, puedes decir “¡Atención!”.
Si alguna vez dudas sobre qué palabras usar, escríbenos. Nos apoyamos como comunidad y podemos colaborar entre todos.
¡Gracias por leernos!
Un abrazo,
Equipo Grace Montessori School
